En el marco del Día Mundial de la Artritis, que se conmemora el 12 de octubre, especialistas y organizaciones de pacientes advierten que sentirse mejor no siempre implica que la artritis reumatoidea esté bajo control. La remisión, definida por la ausencia de signos y síntomas relevantes de actividad inflamatoria, es una de las principales metas del tratamiento.
Según Mayo Clinic La artritis reumatoidea (AR) es una enfermedad inflamatoria crónica y autoinmune que afecta sobre todo a las articulaciones, aunque puede involucrar otros órganos. Si la inflamación se mantiene en el tiempo, puede provocar daño articular, pérdida de funcionalidad y consecuencias sobre la calidad de vida.
Durante años, el alivio del dolor y la disminución de la inflamación ocuparon el centro de la conversación clínica. Sin embargo, los avances en el conocimiento de la enfermedad ampliaron los objetivos terapéuticos. La meta actual es alcanzar el mayor nivel de control posible y, cuando las características de cada caso lo permiten, llegar a la remisión.
La evaluación de la AR incluye más variables que el dolor. La actividad inflamatoria, la presencia de articulaciones hinchadas o dolorosas, la fatiga, la capacidad para realizar tareas cotidianas, la calidad de vida y la progresión del daño articular forman parte del seguimiento.
Las recomendaciones de tratamiento orientado a objetivos, conocidas como Treat to Target (T2T), establecen la remisión como la meta prioritaria. En personas con enfermedad de larga duración, una baja actividad puede considerarse una alternativa.
“Durante mucho tiempo, mejorar algunos síntomas podía percibirse como un buen resultado. Hoy sabemos que podemos ser más ambiciosos. El objetivo es controlar la enfermedad de la manera más completa posible y, cuando las características de cada paciente lo permiten, buscar la remisión. Para eso es fundamental evaluar periódicamente la actividad de la enfermedad y mantener un diálogo abierto entre el paciente y su reumatólogo”, explica el Dr. Gustavo Citera (MN 67607), médico reumatólogo y jefe de la Sección Reumatología en el Instituto de Rehabilitación Psicofísica.
La persistencia de dolor, inflamación, rigidez o dificultades para las actividades habituales puede indicar que es necesario revisar el nivel de control alcanzado y conversar con el especialista sobre las metas del tratamiento.
La atención de la artritis reumatoidea debe adecuarse a la historia clínica y evolución de cada persona. El seguimiento periódico permite determinar si el objetivo terapéutico se cumple o si hace falta que el especialista reevalúe la estrategia.
“Cada paciente tiene una historia y una evolución diferentes, y por eso el tratamiento debe ser individualizado. Lo importante es que tanto el médico como el paciente sepan cuál es el objetivo que están buscando y puedan evaluar juntos si se está alcanzando. Si la enfermedad continúa activa, la estrategia terapéutica debe ser reevaluada por el especialista”, agrega Citera.
El diagnóstico temprano sigue siendo una parte central de ese abordaje. Detectar los síntomas, iniciar el tratamiento y medir de forma regular la actividad de la enfermedad son pasos vinculados entre sí.
Dolor persistente, hinchazón en las articulaciones —en particular en manos y pies—, rigidez matinal prolongada, fatiga y limitaciones para las tareas cotidianas son algunos de los signos que justifican una consulta médica.
“Para las personas que ya tienen diagnóstico hay otra conversación igualmente importante: no acostumbrarse a convivir con síntomas o limitaciones que podrían indicar que la enfermedad continúa activa, y consultar con el reumatólogo sobre cuáles son los objetivos del tratamiento. Controlar algunos síntomas puede ser solo una parte de la historia; la pregunta es si estamos viendo la imagen completa”, señala el Dr. Gustavo Rodríguez Gil (MN 99074), médico reumatólogo y presidente electo de la Sociedad Argentina de Reumatología.