Millones de personas en el mundo conviven con pensamientos que irrumpen sin permiso y con conductas que sienten que no pueden detener. El trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), definido por el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) como una condición caracterizada por obsesiones persistentes y compulsiones repetitivas, puede interferir de forma profunda con la vida cotidiana.
Un análisis epidemiológico internacional publicado en 2025 estimó que la prevalencia combinada de por vida del TOC alcanza el 4,1%, con un 3% de personas que presentan síntomas en el último año. Otras estimaciones lo ubican entre el 1% y el 3%, dependiendo del país y la metodología. Más allá de las variaciones estadísticas, el impacto es claro: se trata de un trastorno frecuente y, en muchos casos, resistente a los tratamientos disponibles.
En ese contexto, un equipo de la Universidad de Brown buscó entender con mayor precisión qué ocurre en el cerebro cuando una persona con TOC intenta realizar tareas cotidianas que requieren organización y control mental. El estudio fue publicado en la revista Imaging Neuroscience.
La investigación fue liderada por la profesora Theresa Desrochers, y la autora principal es la doctora Hannah Doyle, con la participación de la neuropsicóloga Nicole McLaughlin. Los científicos partieron de una observación clínica: muchas personas con TOC describen la sensación de “perder el hilo” o quedar atrapadas en una secuencia de pensamientos o acciones.
Para analizar ese fenómeno, utilizaron resonancia magnética funcional (fMRI), una técnica que permite observar qué regiones del cerebro se activan mientras alguien realiza una tarea. Compararon a voluntarios con diagnóstico de TOC con un grupo de control sin el trastorno.
La consigna era sencilla en apariencia: identificar el color o la forma de objetos siguiendo un orden preestablecido. Sin embargo, el ejercicio exigía memoria de trabajo, categorización, toma de decisiones y organización secuencial, procesos centrales en la vida diaria.
Ambos grupos resolvieron la tarea con un desempeño similar. Pero, como señaló Doyle, “los cerebros de los participantes con TOC reclutaron más regiones cerebrales” para completar el mismo desafío.
El análisis detallado de las imágenes mostró activación no solo en áreas clásicamente asociadas al control motor y a la memoria de trabajo —como regiones prefrontales— sino también en zonas que no habían sido vinculadas previamente al TOC.
Entre ellas aparece el giro temporal medio, implicado en la recuperación semántica, el procesamiento del lenguaje y el mantenimiento de información en memoria de trabajo. También se activó una región que abarca parte del giro occipital y la unión occipito-temporal, áreas fundamentales para el procesamiento visual básico y el reconocimiento de objetos.
Este patrón sugiere que, al ejecutar una secuencia, el cerebro con TOC involucra circuitos adicionales relacionados con el significado y la percepción visual, más allá de los sistemas tradicionales de control cognitivo.
Para entenderlo mejor, es como si dos personas corrieran la misma distancia, pero una necesitara activar más grupos musculares para sostener el ritmo. Desde afuera el resultado puede parecer equivalente; internamente, el esfuerzo es mayor y la coordinación más compleja.
Este hallazgo amplía la visión clásica del TOC, que durante años se concentró principalmente en circuitos frontoestriados vinculados a hábitos e inhibición conductual. Ahora emerge la idea de una red cerebral más extensa y distribuida que se reorganiza cuando el cerebro intenta mantener el control.
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